Cinco pasos para que el éxito exportador se traduzca en más crecimiento
México lleva tres décadas construyendo cadenas productivas muy integradas con América del Norte y con el resto del mundo
México tiene hoy una de las plataformas exportadoras más importantes de su historia. De enero a julio de 2026, las exportaciones alcanzaron 471 mil millones de dólares, 27% más que en el mismo periodo del año anterior. Nueve de cada diez dólares correspondieron a manufacturas. Al mismo tiempo, en el segundo trimestre el PIB creció apenas 1.8%.
Estos datos nos deben llevar a una reflexión. México está exportando más que nunca, pero todavía no estamos logrando que ese crecimiento tenga todo el efecto que podría tener sobre el crecimiento de la economía.
Por eso, la pregunta ya no es solamente cuánto exportamos. Tenemos que preguntarnos cuánto valor se queda en México de todo lo que exportamos y cómo podemos hacer que ese comercio genere más inversión, productividad, empresas y empleo. Ahí está, en mi opinión, el siguiente reto.
México lleva tres décadas construyendo cadenas productivas muy integradas con América del Norte y con el resto del mundo. Para exportar lo que hoy exportamos necesitamos importar muchos componentes, maquinaria e insumos. A julio de 2026, las importaciones de bienes de uso intermedio sumaron casi 370 mil millones de dólares.
Eso no es necesariamente un problema. Muchos de esos productos son precisamente los que permiten que nuestra industria y nuestras empresas sean competitivas y exporten. Ni pensar en cerrar la economía ni en sustituir importaciones por decreto. Lo que debemos hacer es mucho más práctico: consolidar en México una industria capaz de producir una parte cada vez mayor de esos bienes, servicios, tecnología y conocimiento con calidad, precio y escala competitivos.
La OCDE, a través de su medición de comercio en valor agregado (TiVA), permite ver con mayor claridad dónde se genera ese valor. En el caso de México, 54.1% del valor de las importaciones de bienes y servicios intermedios se incorporó posteriormente a nuestras exportaciones, por encima del promedio de 49.2% de la OCDE. Tenemos, por tanto, una base muy importante. Lo que falta es aprovecharla mucho mejor.
Primero, necesitamos desarrollar proveedores mexicanos. Cada nueva inversión que llega al país debería abrir también oportunidades para empresas mexicanas. En sectores como automotriz, aeroespacial, electrónica, semiconductores, dispositivos médicos, maquinaria, química y energía todavía hay muchos productos que importamos y que, con las condiciones adecuadas, podrían producirse en México.
No se trata de que todo tenga que hacerse aquí. Se trata de identificar dónde tenemos posibilidades reales de competir y ayudar a que la industria mexicana logre hacerlo.
Segundo, tenemos que incorporar a más pequeñas y medianas empresas. Las grandes compañías mexicanas ya están presentes en los mercados internacionales. El verdadero salto puede venir de conseguir que miles de pymes puedan convertirse en proveedoras de esas empresas y, con el tiempo, también exportar directamente. Para eso necesitan algo más que buenos deseos: financiamiento, certificaciones, tecnología, digitalización, información de mercados y acceso a compradores internacionales.
Tercero, tenemos que subir en la cadena de valor y prepararnos para la nueva economía. México ha demostrado que puede fabricar y exportar a gran escala. Ahora tenemos que avanzar hacia actividades de mayor contenido tecnológico: ingeniería, diseño, software, automatización, electrónica avanzada, investigación, desarrollo y propiedad intelectual.
Pero el mundo está cambiando rápidamente y esta transformación va mucho más allá de la manufactura tradicional. La inteligencia artificial está modificando la forma de producir y de competir, y está creando una demanda creciente de semiconductores, centros de datos, infraestructura digital, componentes electrónicos, sistemas de automatización y nuevos servicios tecnológicos.
México no tiene que pretender hacer todo. Tiene que identificar dónde puede ser competitivo y construir capacidades en esos segmentos. Tenemos una industria electrónica importante, una base manufacturera amplia, talento técnico y una integración muy profunda con América del Norte. Debemos aprovechar esas ventajas para participar en las nuevas cadenas de valor que están surgiendo alrededor de la IA y de las tecnologías digitales.
Esto también exige cambiar la forma en que entendemos la inversión. Un proyecto de alta tecnología no debe verse solamente como una nueva planta, sino como una oportunidad para formar talento, desarrollar proveedores, generar investigación y crear empresas mexicanas capaces de incorporarse a esas cadenas.
Nuestro gasto en investigación y desarrollo sigue siendo muy bajo, por debajo del 0.3% del PIB, frente a un promedio de 2.7% en los países de la OCDE. Si queremos que México capture una parte mayor del valor que generan sus exportaciones, tenemos que cerrar esa brecha. La oportunidad es grande. La cuestión es si tendremos la capacidad de prepararnos a tiempo.
El cuarto punto es infraestructura, energía, agua, conectividad, logística y talento, los cuales tienen que avanzar juntos. No basta con atraer inversión. Tenemos que preguntarnos si tendrá las condiciones para crecer en México durante los próximos diez, veinte o treinta años.
La nueva economía va a exigir mucho más. Los centros de datos, los semiconductores, la inteligencia artificial y la manufactura avanzada necesitan energía abundante y confiable, agua, conectividad y talento especializado.
La infraestructura no puede llegar después de la inversión. Tiene que anticiparse a ella. Lo mismo ocurre con la energía, el agua, la conectividad, la logística y el talento que necesitan las empresas para crecer.
Y, quinto, tenemos que diversificar sin poner en riesgo lo que ya hemos construido en América del Norte. Nuestra integración con Estados Unidos y Canadá es una de las mayores ventajas competitivas de México. Debemos fortalecerla, pero también utilizarla como plataforma para llegar a más mercados en Europa, Asia-Pacífico y América Latina.
La idea es sencilla: producir desde Norteamérica para el mundo. Desde COMCE creemos que ha llegado el momento de conectar mucho mejor la política comercial con la política industrial, la formación de talento, la innovación y la inversión.
Por eso proponemos la creación de una Agenda Nacional de Valor Agregado Exportador, con participación del gobierno, las empresas y la academia, con metas concretas hacia 2030.
También tenemos que medir de otra manera nuestro éxito. No basta con saber cuánto exportamos. Necesitamos saber cuánto valor agregado nacional generan esas exportaciones, cuántas empresas mexicanas participan en las cadenas globales, cuánto estamos invirtiendo en innovación y tecnología, y qué ocurre con la productividad y los salarios en las actividades exportadoras.
México ya hizo una parte muy importante del trabajo. Construimos una plataforma exportadora que hace treinta años era difícil imaginar.
Ahora tenemos que dar el siguiente paso: hacer que esa fortaleza exportadora se convierta en más inversión, más tecnología, más empresas mexicanas, mayor productividad y mejores empleos.
El objetivo no debe ser solamente exportar más. Debe ser que cada dólar que México exporta genere cada vez más valor dentro de México.
Por Sergio E. Contreras Pérez, Presidente del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior, Inversión y Tecnología (COMCE)


